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HISTORIAS DEL #8M

Tres historias de tres mujeres que pueden ser las de muchas mujeres rurales. #8marzo

Hoy es un día para la reflexión, para remover conciencias, para poner en valor todos los logros conseguidos gracias a la lucha de muchas personas, antes y ahora, por la igualdad . Pero tambien es un día para visibilizar las cargas, las historias de tantas mujeres que cargan mochilas que no les corresponden, que sufren desigualdades en el ámbito laboral, familiar o social. Hoy hemos escrito la historia de tres mujeres en las que quizá os veais reflejadas. O quizá no. De cualquier modo, estas 3 historias son reales, y estan pasando ahora. A pesar de la dureza, no os perdais la ultima, atesora luz y esperanza.

ELENA

Hoy es 8 de marzo. Elena, emprendedora, madre de dos peques, se ha levantado a las 6 de la mañana para poder adelantar trabajo. A las 7:30 prepara el desayuno y despierta a los niños. Corriendo como siempre y al borde del colapso nervioso consigue que estén listos a las 8:30 y sale pitando de casa, apenas sin peinar, para llevarlos al colegio que está a 10 kilómetros de su pueblo. Luego, como no le da tiempo a volver a casa, mantiene una reunión por zoom con un posible cliente desde el coche. Piensa que sería genial tener un coworking cerca, además conocería otras personas y se sentiría menos sola, pero el espacio más cercano está a más de 30 kilómetros. Tras volver a casa trabaja durante cuatro horas y vuelve al colegio, se queda un rato en el parque, luego, con los peques a cuestas, se va al supermercado, hace la compra, y sale de nuevo hacia su pueblo. En el coche le suena el teléfono. Es el posible cliente con el que se ha reunido esa mañana; con el ruido de los niños de fondo consigue entender que quiere otra reunión esa misma tarde con otro de los socios. “Sí, sí. Por supuesto”, contesta. Cómo va a decir que no si necesita ese contrato. Pero no tiene dónde dejar a los niños. En el pueblo no hay ningún recurso ni tiene red que la apoye. Nerviosa, les pone la tele y les pide que se porten bien, pero son niños y la interrumpen sin cesar mientras está en esa reunión tan importante. Apenas puede concentrarse. Terminada la reunión hace la cena, acuesta a los niños y se sienta un momento en el sofá antes de ponerse a recoger la casa. Cuando termina son las 11 de la noche, momento de trabajar otro rato. Se sienta ante el ordenador y abre el email. Tiene un mensaje del cliente. Han escogido otro proveedor, le agradecen el tiempo invertido pero les da miedo que no pueda cumplir con el encargo.  Antes de irse a la cama mira el calendario y se da cuenta de que hoy era 8 de marzo. Feliz día de la mujer trabajadora, se dice a si misma.

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LUCÍA

Hoy es 8 de marzo. Lucía, que vive en un pueblo de Huesca, acaba de terminar un bootcamp de programación gracias a una beca para mujeres. Hoy tiene la presentación del trabajo final que ha realizado junto a su compañero, un joven ingeniero de Madrid. La conexión lleva unos días fallando y está muy nerviosa. Ha comprobado 20 veces que todo funciona pero aún así no las tiene todas consigo. Llega el momento de la verdad. El tribunal está formado por cinco profesionales del sector, todo hombres, que la miran a través de la pantalla. Ella se viste con su mejor sonrisa y comienza a presentar el proyecto. Tienen 20 minutos máximo para hacer la exposición y han decidido turnarse la palabra cada cinco para tener las mismas opciones. Tras los cinco minutos que le corresponden cede el turno a su compañero que se extiende durante casi 10. Finalmente le vuelve a ceder la palabra pero cuando comienza a hablar le interrumpe en hasta tres ocasiones, añadiendo información totalmente innecesaria. El tiempo se acaba y los miembros del tribunal realizan preguntas sobre el proyecto que su compañero contesta sin dejarle intervenir. Ninguno de los miembros del tribunal parece darse cuenta y ninguno se dirige a ella directamente. Termina la presentación y tras colgar desea que la conexión hubiera fallado. Mira el calendario. Es 8 de marzo.

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ELISA

Hoy es 8 de marzo. Elisa se viste para ir al instituto con la ropa que escogió ayer; vaqueros, camiseta y una sudadera reivindicativa que compró por internet y que casi no llega a tiempo. La sudadera es su manera de participar en el 8 de marzo ya que por la pandemia, no habrá manifestación en el pueblo y en el instituto no les han dejado organizar nada. Mientras espera al autobús se hace un selfi que sube a Instagram; #8M #8M2021 #8Marzo, y mira las publicaciones de sus amigas. Ve la de Rocío, vecina del pueblo, que se fue el año pasado a estudiar a Zaragoza y ahora forma parte de un colectivo feminista. No puede evitar sentir un poco de envidia. Cuando Rocío todavía no se había ido hablaron muchas veces de impulsar un grupo feminista en el instituto pero al final no se atrevieron, en parte porque sabían que se iban a acabar marchando. A Elisa todavía le quedan dos años para terminar el instituto y ni siquiera sabe si quiere ir a la Universidad. Le gustaría quedarse en el pueblo pero sus padres le dicen que lo mejor es que se marche, que en el pueblo no hay nada. Si no hay nada entonces habrá que construirlo, piensa. Le manda un audio de whatsapp a Rocío para ver si le ayuda con lo del grupo feminista. Al fin y al cabo es 8 de marzo.